MOSAICO
Reconocí la frase como una calca exacta de una que había leído hace ya años atrás sobre un papelito verde que alguien dejó olvidado dentro de un libro. Caminaba por la calle y de los labios de alguien a quien ya no vi, surgió la trascripción de la que hablo. Pensé, con un tono menos en broma del que tuve hace años cuando la leí en el papel verde, que ese deseo es poco menos que hacer trampa “Si tan sólo supiera que camino elegir y en que momento ir por él...”, casi puede compararse con comprar un rompecabezas del cual se conoce, pieza por pieza, la manera de armarlo. Al menos para mí la vida no funciona de esa manera.
Antonio caminaba a mi lado pero no lo comenté nada, a pesar de que a veces platico con él, este comentario, como los otros, hubiera sido absolutamente inútil, pero a diferencia de los demás, esperaba, con este comentario, una respuesta que mínimamente contradijera mi punto de vista. Casualmente nos dirigíamos a comprar un rompecabezas. Antonio es mi perro. De buena gana le hubiese puesto algún otro nombre más perruno, pero este perro no es nada ordinario y el vendedor de rompecabezas lo sabe.
Normalmente Antonio entra a la tienda con mucha calma, se para un instante en la puerta como reconociendo con la vista el lugar, esto es solo en apariencia por que Antonio es viejo y casi ha perdido la vista por completo. Por fin el vendedor, llama su tocayo perro para hacerle saber que este es el lugar que busca, Antonio perro deja entrar su enorme cuerpo color grafito y se pierde dentro del local. Yo me distraigo un poco platicando con Antonio vendedor -quien es, por cierto un poco sordo- y casi media hora más tarde Antonio ciego trae en su hocico de gran danés un rompecabezas nuevo. Gustoso saco algún arrugado billete de un monederito que cargo siempre en el cinturón y pago la cantidad que indica la caja, que casi siempre trae una fotografía pequeña en la portada y dentro la misma, solo que más grande y desarmada.
Llegamos esa tarde a La Pieza, que es como se llama la tienda de Antonio sordo, y como de costumbre un enorme trozo de grafito se paro en la entrada, observo o simuló que lo hacía, y después de un saludo del sordo entró a buscar un rompecabezas. Media hora más tarde yo seguía esperando a mi perro. Una hora después me preocupé seriamente y quise entrar a buscarlo, pero recordé que de la tienda conozco sólo esta parte. Por fortuna Antonio grafito regresó a los setenta y cinco minutos exactos cargando una caja de la única forma que sabe hacerlo. Me intrigó desde el principio esta caja por que no traía ninguna foto. El sordo me comentó que llegaron tres cajas iguales hacía una semana y que no había tenido oportunidad de investigar que contenían. Las únicas pistas que yo le vi eran el nombre de la fábrica, que es por cierto una de mis favoritas, el precio, y un letrero de “ciento cincuenta y un mil trescientas veintidós piezas” y aunque lo consideré una exageración, al abrir la caja pude notar que en efecto, la cantidad de piezas que contenía la caja podía bien fácilmente corresponder a las que indicaba en el letrero. Otra cosa aún más sospechosa es que este rompecabezas traía un librito de unas doscientas veinticuatro páginas amarillentas escritas a modo de adivinanza, una adivinanza por página, al parecer. Así que decidí tomar el librito y leerlo todo antes de iniciar con la concatenación y acomodo de aquél universo contenido en una caja para rompecabezas.
He husmeado durante la última semana ese mar de pedacitos de cartón y aún no encuentro ni una sola pista de lo que representará cuando lo termine, El libro amarillo, al menos hasta esta página, parece ir contando una historia. Ahora estoy atorado en una adivinanza que dice:
Por las noches pule la harina que copia los pies de día,
No es dulce, no es cocina,
Y alimenta a la bahía.
Luego en la siguiente página mi intriga crece:
Dos canicas de madera
Dos canicas de carbón
Se acostaron en la harina
Se dijeron adiós.
Espontáneamente recuerdo, antes de dormir y de manera casi inexplicable, a Diana T. La conocí en el mar, hace cuarenta años, hicimos el amor en la playa y no la vi nunca más aunque mantuvimos una especie de contacto a través de casualidades que nos traían a algún conocido sorpresivamente mutuo. Supe que se casó con un militar, que tuvo tres hijos y que uno murió de niño por picaduras de abeja; creo que su esposo falleció hace cuatro años y eso es todo lo que sé, que aunque parece poco, para mí es suficiente. No he dejado, ni un solo día, de arrepentirme por no seguirla a dónde iba, ahora quizá los hijos de ella tendrían un padre que arma rompecabezas. Sabía entonces que camino elegir y no tuve el valor para recorrerlo.
He logrado, felizmente, destilar de aquella materia informe compuesta por ciento cincuenta y un mil trescientas veintidós piezas, un zapato masculino. Por otra parte el amarillento libro no me ha dejado continuar con su lectura aunque sospecho que la harina pulida que de día copia los pies no es otra cosa que la arena en la playa.
Grafito me despierta por la mañana con un extraño entusiasmo que no sé interpretar. Me levanto y lo sigo. No trae el librito en la boca pero me doy cuenta de que lo tomó, no me siento molesto cuando encuentro una de sus paginitas amarillas debajo de la mesa del teléfono. El ciego me guía entre los muebles con un inmejorable sentido del espacio. Antonio se sienta, se acuesta, pone el cuerpo enroscado y se queda dormido con la nariz a pocos centímetros de la hojita amarilla con una de las primeras adivinanzas que por cierto entiendo mejor que al principio. Cada uno de estos días, ochenta y siete, que han pasado desde que compré una caja en La Pieza, me levanto, desayuno cualquier cosa y le doy lo respectivo a Grafito, me siento frente al rompecabezas y ya. Hoy, sin embargo, cambió la dinámica del día; apunto de sentarme frente al acertijo de cartón, me emocioné infantilmente al descubrir un arco iris que provenía de un vaso de agua y se recostaba a tomar el sol sobre la mesa blanca, junto de la caja y las piezas regadas todavía sin ninguno orden. Fui tomando, sin fijarme, piezas de ese pajar y embaldosé el luminoso camino de siete colores que tanto contrastaba sobre la superficie de formica. Quedé maravillado al quitar el vaso y darme cuenta que el embaldosado se había impregnado de aquellas tintas, y partiendo de esta casualidad continué, guiado por un instinto más que por raciocinio.
Las últimas cuatro piezas, con las que había logrado fabricar un zapato, caben aquí, y me veo; mi mano arrima el vaso de arco iris y me doy cuenta de que las tintas se impregnaron, y partiendo de esta casualidad continúo; coloco las últimas piezas, mi zapato y me veo, y me veo viéndome, al colocar, guiado por instinto más que por raciocinio, las últimas piezas, mi zapato y sigo, armándome, en aquel mosaico de cartón resuelto sobre la cubierta blanca de la mesa.
Lunes 13 de septiembre de 2004
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