Fortuito.
20 de septiembre de 2009
Tenemos ya un buen rato en el parque. Dentro de 5 minutos, cuando den las 3:00 habremos cumplido ocho horas de paseo. Ya comienzas a mirar de reojo el pequeño reloj de tu muñeca. Inevitablemente se hace tarde, se avecina el tiempo de partir
Suelo venir a este parque cada sábado, muy temprano, porque me gusta sentir el calor y la humedad del mar cuando va despertando muy despacio para comenzar con su trabajo. Esta mañana es la primera que vienes, lo sé porque siempre cumplo con mi rutina y no te había visto antes. La fuente, ese enorme framboyán con sus ramas extendidas, el aire y esta banquita están todos los días. Tu no, hoy es tu primer día.
Llegas y permaneces de pie mientras observas un rato largo a tu alrededor como reconociendo el paisaje y respiras profundo. Veo hipnotizado como inflas tus pulmones con este aire salado y tu pelo se emociona jugando y se enreda con tu arete -¿Me ayudas?- Dices un poco apenada de tener que admitir mi presencia. Me acerco y te veo radiante y tierna con tu arete enredado y antes de comenzar a desenredarlo te veo a los ojos y sonrío con la ingenua ilusión de que lo hayas hecho apropósito.
Después de un rato nos sentamos juntos en la ermitaña banca, bajo el framboyán y platicamos sonrientes, amenos, con silencios que a ratos parecen infinitos espacios que nos alejan, como si las palabras fueran brazos o manos o labios o cuerpos con los que nos tocamos y podemos hacernos caricias.
No sé si quiero saber tu nombre, al fin hoy todo tiene otro. Al fin somos dioses y este es nuestro universo. Pero está tu reloj; cada vez que lo ojeas este espacio se desmorona poco a poco, se disuelve como una isla de azúcar. Te tienes que ir.
Repentinamente siento un enormísimo temor de preguntar tu nombre. Puede ser que me respondas con toda tu historia y me entere que este espacio es un destello irrepetible. Lo es de cualquier modo. Empiezo a enumerar las cosas del día y volteo a verte. Hay en este instante uno de esos espacios vacios en los que no nos tocamos, todo está en silencio. Quiero volver a tocarte pero estoy desnudo, te he dicho todo lo que se puede decir en estos casos, ya no me queda nada y el silencio crece al mismo tiempo que tu reloj te apresura y dice que es tarde. Te veo a los ojos, tomo aire y pregunto tu nombre.
Comentarios
Publicar un comentario